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t í t u l o o r i g i n a l Ein Mord den jeder begeht de la traducción, 2011 by Adan Kovacsics de esta edición, 2011 by Quaderns Crema, S. A. U.
Derechos exclusivos de edición en lengua castellana: d e p ó s i t o l e g a l : b. 31 585-2011 q u a d e r n s c r e m a Composición r o m a n y à - v a l l s Impresión y encuadernación p r i m e r a e d i c i ó n septiembre de 2011 Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro—incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet—, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.
A todos nos calan la infancia en la cabeza como si nos enca­ jaran encima un cubo. Sólo más tarde se descubre lo que ha­bía dentro. Pero, eso sí, nos chorrea durante toda la vida, y nada puede uno hacer por mucho que cambie de ropa o in­cluso de disfraz.
El hombre cuya vida narraremos en estas páginas—una vez conocidos los hechos, su caso despertó bastante inte­rés dentro de las fronteras de Alemania y también en el ex­terior—casi podría considerarse una prueba de lo imposible que resulta limpiarse el contenido del mentado cubo.
De niño lo llamaban «Kokosch», basándose en su prime­ ra y aún balbuceante pronunciación de Conrad, su nombre. Aquello que ya de muchacho llamaba «su reino»—y más tar­de, expresándose ya de forma culta y literaria, «el reino de mis años mozos» o «mi país infantil»—era la punta del ala de una gran ciudad que esparcía sus bloques de edificacio­nes allende un canal ancho y surcado por barcos, hasta llegar, bajo la bruma, al horizonte. De hecho, esos bloques no esta­ban en todas partes agrupados en calles o en compactas hi­leras de casas, sino esparcidos en muchos sitios, interrumpi­dos por prados y terrenos sin edificar, donde se encontraban los viejos árboles de la vega, algunos matorrales y algún que otro grupo de jóvenes arbolillos. Ciertas calles sólo tenían una hilera de casas, mientras que el otro lado seguía vacío. Se veían allí montones de grava y pilas de madera, así como la valla que pasaba por delante de un talud sobre el borde del canal, cruzaba el cauce y se dirigía a gran distancia, hacia las múltiples ramificaciones de la masa urbana al otro lado del agua, o bien bordeaba la ribera, allí donde la corriente do­blaba, parsimoniosa y brillante, hacia la izquierda, trazando una curva entre los taludes inclinados de la orilla. Allí esta­ba la espuma verde gris de las copas de los árboles y allí apa­recían también los prados. A lo lejos se divisaban las chime­neas de las fábricas, alineadas como flechas en un carcaj, y a su lado se alzaban los montículos anchos y romos de los ga­sómetros, tras cuyo resplandor, intensificado por el brillo de las rejas, se presentaban en invierno la niebla y en verano, las nubes rizadas en un horizonte vaporoso.
En la última casa de esa hilera de edificaciones abierta ha­ cia el canal vivían los padres de Conrad en la tercera plan­ta, que ocupaban entera, por lo que su vivienda era harto es­paciosa. El padre, Lorenz Castiletz, no era un hombre rico, pero sí lo que suelen llamar bien acomodado. Se dedicaba al comercio de paños y, por otra parte, ostentaba desde ha­cía tiempo la representación de dos casas holandesas, moti­vo de no pocas envidias, pues la posición de dichas empre­sas en el mercado era por sí sola muy fuerte. Por este hecho y porque, además, tenían una tía pudiente, bien al estilo ru­ral, con tierras, casa y granja, Kokosch, que era además hijo único, nunca padeció situaciones de escasez importantes ni peligrosas para su salud, ni siquiera durante el período de la guerra, como tampoco las padeció en los duros años pos­teriores a la contienda. En cierta medida, aquellos aconte­cimientos pasaron como algo más bien distante por la casa de los Castiletz. El padre, que había contraído una afección cardíaca de manera un tanto extraña en sus ya lejanos años de juventud—por dedicarse con excesiva energía y apasio­namiento a la esgrima de sable—, ya había superado la edad para ser llamado a filas al estallar la guerra; de todos modos, el antes mencionado motivo lo habría eximido de prestar el servicio militar en el frente. La diferencia de edad entre Lo­renz Castiletz y su hijito era abismal: ni más ni menos que cuarenta y siete años.
El padre era un hombre alto y guapo, de pelo negro, lar­ go y rizado y con un poderoso bigote, ambos con mechones e hilos plateados, entremezclados de forma delicada y, casi podría decirse, coqueta con los de color oscuro. Aunque era amable y de buen genio, distraído y desordenado fuera del ámbito de sus negocios, podía ocurrirle de golpe que, cogi­do de forma repentina por una ira brutal y en cierta medida dirigida hacia dentro, se ponía negro de cólera y se desataba en los insultos más increíbles. En tales casos, el piso se con­vertía en una auténtica cueva del terror, hasta que de pron­to el padre entraba por una puerta, sonriendo amablemen­te y dispuesto a disculparse, sea ante la madre, a quien daba un beso, sea ante Kokosch, al que sentaba sobre sus rodillas. Sin embargo, el hecho de ver a su padre ensombrecerse de manera tan repentina tuvo en el niño efectos más duraderos que las posteriores consolaciones. Una vez fue cazado por su colérico progenitor en el ves­ tíbulo pintado de blanco, en un momento inoportuno, pero sin culpa alguna por parte de Kokosch, pues éste se dispo­nía precisamente a dirigirse con escrupulosa puntualidad a la escuela, para asistir a las clases de la tarde. Tenía el bolso con los libros bajo el brazo. El padre, hablando dentro con la madre, había subido de golpe y porrazo la voz (que ense­guida se convirtió en un grito o, más bien, en un rugido), sa­lió disparado por la puerta del recibidor, una cristalera de dos hojas, y vio allí de pie a Kokosch, a quien ya creía cami­no de la escuela. —¡Por lo visto, tú tampoco obedeces las órdenes, cana­ lla!—abroncó al muchacho en un tono relativamente bajo, con lo cual la impresión y el efecto sobre Kokosch resulta­ron ser profundísimos—. ¡Vamos, andando!—gritó luego el padre, cogió con fuerza por la nuca al pequeño, que en ese instante ya se había puesto a llorar, y lo sacó por la puerta a empellones. En esa ocasión, el padre fue a buscar a Kokosch tras aca­ bar las clases—asustando así al muchacho cuando éste salía de la escuela, pues por regla general nunca venía a buscar­lo—, pero Lorenz Castiletz colmó a su pequeño de muestras de cariño, atiborró al zagal con pasteles y nata comprados en la confitería y dedicó toda la tarde primero a ayudarle a ha­cer los deberes, que de este modo fueron despachados en un santiamén, y luego a jugar con él. Se tumbó boca abajo todo lo largo que era para ajustar con sumo esmero y precisión las agujas del tren de cuerda, y la madre se llevó las manos a la cabeza al entrar y ver semejante escena. Kokosch también estaba contento. Sin embargo, lo vivido en el vestíbulo pe­netró de forma subrepticia en sus sueños; siempre eran sue­ños terroríficos, en los cuales, curiosamente, la estera acana­lada marrón, que se extendía desde la entrada hasta la puerta cristalera del recibidor, aparecía con extraordinaria nitidez: cada fibra se presentaba como vista desde una distancia mí­nima, como si él mismo sólo se alzara un par de palmos so­bre el suelo. Este detalle nunca faltaba en los sueños del niño relacionados con el padre encolerizado.
Las repentinas caídas de Lorenz Castiletz al pozo negro, sin embargo, se debían siempre, sin excepción, a los motivos más ridículos; nunca había ocurrido que perdiera la cabeza de esta manera tratándose de algún asunto decisivo o de re­lativa importancia. Eran, más bien, los cuellos doblados, las corbatas arrugadas, alguna hoja traspapelada con algún reca­do sin hacer apuntado en ella: tales menudencias lo atraían al abismo. Además, éste no siempre existía sólo como metáfora, sino que estaba, como quien dice, ya prefigurado en la oscu­ridad bajo el escritorio o bajo el sofá donde había que bus­car, agachándose al máximo, en una postura que resultaba angustiante para el padre, hombre con una notable tenden­cia a la apoplejía y con un corazón debilitado; de esa postura emergía el hombre finalmente, en la mayoría de los casos, sin haber conseguido nada, con la cabeza roja como un tomate.
Como mucha gente descuidada—cuyo secreto consiste, básicamente, en coger y usar una cosa, pero no devolverla nunca a su sitio—, afirmaba que le habían quitado o traspa­pelado algún trasto cada vez que no lo encontraba en su lu­gar, aunque encontrarlo habría sido, desde luego, un fenó­meno casi sobrenatural en el siempre renovado caos de su despacho: un caos sólo inexistente en las dos primeras horas posteriores a cada intento de Frau Castiletz de poner orden, aprovechando la ausencia de su marido. Pero aquí residía quizás el peligro más grave: pues una intervención racional de esta clase volvía a destruir todas esas vías y pistas abiertas en la vida por el uso, en las cuales las cosas quedaban simple­mente tiradas, pero a las que la memoria de quien buscaba siempre podía volver a tientas, trabajando con rapidez y efi­cacia en el claroscuro de la conciencia; esta habilidad consti­tuye una de las potencias psíquicas más importantes y asom­brosas de la gente desordenada: pero precisamente esta po­tencia queda paralizada con dichas intervenciones, de suer­te que en tales casos se ha de buscar con el intelecto, órgano crítico por naturaleza; y entonces, ¡ay de los sondeadores del orden, llamados con rigurosísima severidad, si no encontra­ban el equivalente objetivo de la imagen mental! Así pues, nunca se estaba seguro en la casa paterna de Con­ rad, puesto que no se precisaba ni de catástrofes externas ni de noticias nefastas para hacer insostenible la situación: al contrario, lo catastrófico y nefasto se producía en la propia casa. Sin conocer todavía a Frau Castiletz, comprenderemos su impotencia ante tal carácter. No le quedaba otro reme­dio que acomodarse como podía a las circunstancias y, dado el caso, no irritar mediante objeciones a Lorenz, su marido. Se defendía con valentía en esos avatares; por otra parte, es del todo inimaginable lo que habría podido ocurrir en caso contrario. Pues su simple y dulce aceptación también con­tribuía, en cierta medida, a intensificar esas fuerzas dispues­ tas a descargarse, porque Lorenz Castiletz, receloso, siempre le atribuía a ella una condescendencia pedante, acostumbra­da a no tomárselo del todo en serio: y era precisamente esta última duda la que quería despejar cuando se ponía negro como el azabache.
Quien conocía personalmente a Frau Leontine Castiletz debía conocer también la existencia de una palabra capaz de definir con bastante precisión todo su carácter; no es, desde luego, un término de corte clásico, pero en este caso contiene toda la verdad. Esa palabra o palabreja era: «pocha». Siem­pre estaba pocha, y desde que alguien lo pronunciara, el ad­jetivo fue divulgándose a espaldas de Frau Leontine entre su círculo de amigos hasta introducirse incluso en la parente­la, que no se sintió en absoluto molesta, sino que enseguida aprovechó la oportunidad para crear un sustantivo: «la po­cha». Desde ese momento, el nombre de Leontine fue reti­rado de la circulación, salvo en los momentos en que la por­tadora del nombre se encontraba presente.
Era una mujer hermosa. Según algunos, se parecía a su tía cuando niña—era aquella de la finca en el campo—, pero Leontine era mucho más esbelta, de suerte que la hacenda­da, una dama de buena presencia y de formas harto opulen­tas, casi parecía maciza a su lado. Este hecho se debía a la di­ferencia de edad. Frau Castiletz era veintitrés años más jo­ven que su marido.
Tenía el cabello rubio oscuro, y sus ojos flotaban en un extraño color azul violeta. De hecho, estos ojos ligeramen­te oblicuos—los ángulos exteriores parecían estar a un nivel más alto que los interiores—más que mirar, flotaban. Eran grandes, pese a la forma casi rasgada. Pero cada persona, cuando mira, emite un rayo como una flecha que vuela, que avanza con mayor o menor rapidez. Este rayo faltaba en Frau Castiletz. Su mirada se expandía, por así decir, hacia los la­dos, como anillos alrededor de una piedra arrojada al agua.
Tenían, efectivamente, sus ojos algo así como el aura en torno a una luna borrosa, el velo continuo de cierta ausen­cia, un mirar que se dispersaba hacia los costados, en vez de buscar y enfocar el centro de cuanto miraba.
Kokosch quería mucho a su madre. Podía jugar horas en­ teras instalado en el suelo, satisfecho y guardando un silen­cio absoluto, mientras ella permanecía sentada en el cuarto con su bastidor de bordar, que siempre llevaba consigo y al que parecía no prestar atención cuando trabajaba. A veces se podía tener la impresión de que Frau Leontine bizqueaba un poquito, pero no era cierto.
En esas tardes solitarias de la primera infancia, en las que sólo de vez en cuando se oía la campana del tranvía o la sire­na de algún vapor desde el canal, el niño era manifiestamente feliz y reposaba en sí mismo (mucho más tarde, volvió a re­cordar alguna que otra vez aquellos ruidos lejanos). En más de una ocasión, dejaba estar los juguetes—una fortaleza con soldados, unos barcos, el gran tren y más cosas bonitas—y se acercaba a la madre. Se acurrucaba delante de ella en la alfombra y frotaba la cabeza y también la cara contra las me­dias de seda lisa. Luego, volvía en silencio a sus juegos, sien­do como era Kokosch un niño de mucho ingenio, capaz de concentrarse durante días enteros, como un poseso, en al­gún invento e incapaz, por otra parte, de soportar que lo mo­lestaran. Su padre, excelente observador, descubrió una vez, al notar la formación siempre idéntica del ejército y su dia­rio cambio de posición respecto a la fortaleza y al preguntar luego con mucho tacto por los motivos de tal cambio, descu­brió, digo, que los juegos de su pequeño mantenían durante más de ocho días un hilo conductor que podría calificarse de nexo lógico. En esa ocasión, Kokosch explicó al padre, con detalle y haciendo gala de una enorme confianza, el impor­tante papel del ferrocarril en todo el juego y le enseñó el co­rrespondiente cambio de posición de las vías.
Frau Castiletz no era de esas madres aficionadas a contar muchas cosas. De lo contrario, habría podido comunicar que el pequeño, sin ver en el cuarto un reloj (cuyo funcionamien­to desde luego ya conocía) y sin que pudieran oírse las cam­panas de una iglesia, interrumpía su juego cada media hora con pasmosa regularidad y se acercaba entonces a su madre, como bien pudo comprobar ella consultando furtivamente su reloj de pulsera.
Desde luego, contar esas anécdotas maternas no habría encajado con su manera de ser. Prefería no llamar la atención de sus prójimos; no se hacía notar. Sólo permanecía senta­da entre los otros, y ahí se acababa su aportación. Su cabello era ondulado, y ella lo llevaba suelto; toda su persona tenía algo ondulado, desdibujado o confuso como las blancas nu­bes estivales batidas por el viento. Su ropa era igual, y cuan­do llevaba vestidos de colores, prefería con callada obstina­ción los estampados de flores bien grandes, y no siempre de buen gusto, que la hacían parecer más maciza de lo que era. Había entre ellos uno de flores estilizadas tan grandes que una sola le cubría toda la espalda y aún más. Era de suponer que ella misma los elegía y los compraba adrede. Sin embar­go, nunca se la oyó expresar un punto de vista con palabras, manifestar alguna opinión palpable. Muchas veces mostraba un educado asombro. Cuando hablaba, sus frases se desin­tegraban apenas pronunciadas, así como su mirada, apenas lanzada, se descomponía en anillos. Siempre parecía desli­zarse por la periferia de la vida como un velero lejano. Según algunas personas, era amanerada: cosa tan poco cierta como la observación de que bizqueaba. No era amanerada. Lo que pasaba es que siempre andaba pocha.
Por su origen, provenía del «ramo», como solía decirse no hace mucho. Su padre había sido fabricante de paños y su dote fue estimable, aunque tampoco enorme. De todos mo­dos, incluso sin tener en cuenta la previsible herencia, Lo­ renz Castiletz se colocó bien—que así lo llaman muchas ve­ces en los círculos burgueses—al casarse a los cuarenta y cin­co años con esa joven de veintidós.

Source: http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Un_asesinato.pdf

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